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Juan Herrezuelo: Las flores suicidas

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El título de este libro, que es también el del cuento más extenso de los cinco que contiene, proviene de una greguería de Ramón Gómez de la Serna: «Entre los carriles de las vías del tren crecen las flores suicidas». Ese largo relato cierra una suma de historias que parecen haberse reunido alrededor de la imagen del ser humano expuesto en toda su fragilidad a la locomotora cada vez más acelerada y descomunal del acontecer histórico, a veces de manera individual, a veces como grupo, a veces incluso como especie. Son relatos en los que la incontrolable propagación del miedo colectivo, el desengaño, la derrota, la dificultad para distinguir entre realidad y ficción, la angustia que provoca la pérdida de un empleo, la tenacidad de un padre, la magia de la radio o el estupor ante el alcance de los estragos medioambientales no se presentan al lector con los ropajes de la mera especulación narrativa, ni tampoco se limitan a formar parte de una única versión de lo real, pues hay en todos ello…

Stephen King: La chica de pan de jengibre

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Pocos autores utilizan tantas ideas en sus libros, o al menos pocos saben mostrarlas tan bien como Stephen King. Están llenos sus relatos de imágenes también muy poderosas en lo normal y en lo extraordinario: se diría que escribe con una idea asociada a una imagen, y a continuación otra idea asociada a otra imagen, y así sucesivamente. Sorprendentemente, acierta en muchísimos casos, y eso lo convierte en un autor destacable y muy valioso. Quedarse solo en ver el contenido de sus historias sería como juzgar a Juan Benet por la inspiración de sus argumentos. Hay más, mucho más. Hay que leer y después analizar.    Cuando la mujer que huye de un asesino se adentra en una playa lo que no puede esperar, dice el narrador, es encontrarse con la belleza: qué imagen tan inesperada, tan plena y tan inteligentemente usada, amigos: la muerte en forma de hombre que quiere asesinarla está a su espalda, y ante ella aparecen el mar y la niebla y la belleza hecha paisaje único. No: Stephen King no …

Miguel de Unamuno: El que se enterró

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Aunque parece un relato poco unamuniano, se trata sin embargo de uno muy propio del gran escritor español, siempre con la duda a cuestas y con la interrogación continua de las caras de la realidad, de la existencia. Unamuno interrogaba a Dios y a lo imposible, con lo cual no extraña este relato fantástico de alguien que también escribió una nivola y nunca cejó de cuestionárselo todo. El momento en que el personaje que se enterró dice que ve al otro yo que viene a decirle que va a morir es tremendo y si le llega al lector es por la sencillez y directez de la narración, en la que se evitan circunloquios vanos. Gracias a no cargar las tintas en los detalles oscuros, se alza con más fuerza y más verdad. Es un relato absolutamente genial.

Mario Benedetti: Esta mañana

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El flujo de conciencia, lo interior y lo exterior tan bien diferenciado y a la vez tan bien unido, tan bien comunicado, tan engarzado que uno no sabe si hay diferencia y se cuestiona si lo pensado es lo realizado, lo creído es lo intuido o viceversa, y en la voz que corre por la consciencia hay un solo ritmo, un solo hilo y una sola vereda, que llevan al acto que acaso ya lo cambia todo o que acaso solo confirma que nada va a cambiar, porque la voz interior es la misma y no va a cambiar el paso, el recorrido. Benedetti era uno de los más grandes escritores que han existido. Siempre lo será.

Stephen King: Willa

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Supongamos ahora que la existencia es algo que se sueña o que se ve desde un lugar muy lejano, enviando pensamientos y deseos desde ese sitio como si fuéramos los dobladores y los intérpretes en negativo de lo que parece ser la vida. Entonces, morir sin que lo advirtiese el que está en ese otro lugar mandando ideas, pensamientos y palabras al que se mueve por la vida no evitaría que continuara como si nada hasta que, más tarde o mucho más tarde, reparase en algunos errores, en ciertos desequilibrios, en pequeñas anomalías que avisan y destellan pero no ciegan, porque, como es lógico, si no hay intención de ver, no se ve. En este punto, o desde este punto, observo que Stephen King arma un relato que tiene su fuerza en el realismo bien llevado, en unas localizaciones vivificantes y en unos diálogos llenos de vida (sí, es eso: no puedo escribir otra cosa), y pienso que no importa que el cuento sea de los que proclaman el acierto y la brillantez a voz en cuello, pues contiene algo sup…

Jorge Luis Borges: Las ruinas circulares

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Pocos relatos más enigmáticos y anticipatorios que este, en que alguien sueña que crea a otro y se dedica a soñar y soñar para seguir creando y definir perfectamente qué sueña. Ahora que la ciencia se plantea si la realidad no será solo un holograma, si todo no será sólo un producto de lo que construye la mente humana, relatos como Las ruinas circulares deben ser considerados como una luz primigenia, un brote espectacular de lucidez primordial de una mente liberada y despierta, muy, muy despierta. Porque acaso no se trate de saber si usamos el cerebro plenamente o en qué tanto por cierto exacto, sino de acercarnos a la orilla correcta desde la que poder determinar que lo soñado no está dentro del sueño, de otro sueño, sino que es una creación al menos propia, al menos de uno mismo.

Horacio Quiroga: Una estación de amor

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Quiroga no miente, y eso no es poco en un mundo de libros en los pocas veces se dicen verdades. No solo tiene este relato un final que sabe a cierto, sino que toda la historia sabe a cierta: y eso no quiere decir que deba ser forzosamente autobiográfica, sino que lo narrado no tiene trampas ni subterfugios. Duro, sí, cortante y hasta algo cruel, pero Quiroga no buscó hacer solo literatura ni halagar al lector, conquistar al lector por el lado fácil. Quizá por eso su obra sigue siendo algo vivo, muy vivo, clasificable pero no domesticable: fiel solo a sí mismo, el escritor siempre hallará quien le entienda y le comprenda, quien se vea reflejado o concernido. En este relato de amor y desamor hay una piedra dura en las miradas de los personajes, pero también una emoción profunda y muy real que se alza pura en su desesperación y su agonía, ajena a los males del tiempo.