Julio Cortázar: La noche boca arriba

 


   
   Genial relato que hace dudar de cuál es la verdadera realidad: la del sueño o la de la vigilia. Vigilia que acaso es otro sueño. Las intuiciones de Cortázar no caducan: ahora que se habla mucho de los universos paralelos, este relato vuelve a nosotros con fuerza renovada. Ya no lo veo tan claramente como un cruce de realidad y sueño, del que salieron después novelas tan inolvidables como La orilla oscura, de José María Merino. Ahora lo enfrento y me dejo envolver por él atendiendo a lo que algunos científicos apuntan, vislumbran, aún no pueden probar, y me inquieto más y pienso más. Como con todo lo que leo de Cortázar, cuanta más edad tengo, más me siento abrumado por  la sensación de que la literatura no era lo más importante para el maestro argentino. Hubo una época en que lo leíamos para sorprendernos, para gozar. Pero conforme envejecemos y más sabemos, con mayor claridad se nos impone la certeza de que Cortázar no soñaba, sino que intuía: así, este relato inquietará de nuevo a mi cabeza y a mi cuerpo cuando vuelva a buscar el acomodo del descanso en la noche, porque es el lugar donde uno se adentra en la zona de la otra verdad. Pero también me ocupará en las horas del día, al descubrir vacíos en los recuerdos, lentitud en los reconocimientos, al extrañarme ante un rostro muy visto o ante una calle muy recorrida y nunca asimilada. 
   Me gusta mucho cómo está escrito el relato, con frases muy medidas y una supresión de conjunciones muy cortazariana que dota de ritmo y sirve para unir ideas sin sumar porque sí, sin divagar. Hay una economía de palabras y también de imágenes que hace aún más perfecto el relato, que con más páginas y más escenas habría sido menos contundente y demasiado literario, menos real. 

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