Sergio Gaut vel Hartman: Los trepadores




Es un relato que está muy bien escrito, con una narración en primera persona que muestra un distanciamiento efectivo para que entremos en esta historia de unas personas que suben un día en un ascensor y ya nunca bajan de él, pues la ascensión es inacabable. Hay un fino humor apenas manifiesto y la sensación de extrañeza inevitable está mostrada de una manera clara, tranquila, nada sensacionalista. Es lo que hay, dice sin decirlo el narrador, que no carga las tintas tampoco en ningún oscuro fatalismo ni en ninguna indiferencia fría: quizá viajen en el tiempo, quizá alguien se ha vuelto loco, quizá todos los que van en el ascensor han sufrido algún mal inesperado. O quizá todo es como es y hay que asumirlo sin más. 
Este tipo de ciencia ficción -que quizá no abunda, pues como ya sabemos casi todo el que escribe piensa en hacer novelas y no en entretenerse con relatos, que rentan menos- en el que se aprovechan elementos comunes y se deja a la imaginación libertad para interpretar a la manera que se crea más correcta, resulta de lectura placentera y de riesgo más controlado que alguna otra, ambientada en planetas aún no vistos y con seres de difícil existencia, y está más cercana a lo fantástico que a lo clásico del género, por lo que genera un cierto desdén entre los seguidores acérrimos y los fans excesivos e inmovilistas, pero a mí me interesa mucho, ya que evita esos elementos fácilmente caducables y molestos de las historias fechadas en un futuro próximo o distante -las cintas de audio, que ya no se encontrarán en el 2100 en ningún trabajo, hogar  ni oficina, por ejemplo, y que al hallarlas en obras escritas hace treinta o cincuenta años incomodan y alejan un poco de la certeza a quien lee relatos de anticipación- y centra su apuesta por completo en un aspecto que no falta en este relato y que me impulsa a esta valoración tan positiva: lo extraordinario no es patrimonio más que de quien ve algo más, de quien da un paso más, de quien se atreve y cuenta lo intuido sin olvidarse de mantener un pie en lo presente, en lo real, en lo que ninguna regla literaria debe falsear.  

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